5 de abril,2009
En tiempo de elecciones, se ven muchas cosas y sobretodo muchas actuaciones de parte de los grupos interesados, que al tratar de descubrir el agua tibia se queman las manos y la lengua con el agua caliente. Es curioso ver cómo todos saben mucho de todo y las soluciones a los grandes problemas abundan como "la risa en la boca de los niños". Si todo esto fuera verdad, en un par de meses veríamos resueltas todas aquellas desdichas que nos aquejan desde hace 40 años, como dicen unos, o las que aparecieron producto de la transnacionalización o globalización de la ya maltrecha economía.
Al recordar otras elecciones de muchos años atrás, vemos cómo la participación en estas ha ido tomando nuevas formas y consecuentemente atrayendo a nuevos aspirantes. En otras épocas la tendencia era que los aspirantes a ocupar puestos de poder eran en su mayoría miembros de la clase alta (la burguesía de los primos, como bien la define un colega mío), cuyo valor agregado era ese y nada más. La discusión ideológica era pobre; aunque resaltaba por parte del pueblo un discurso relativo a reivindicaciones de los tratados del canal.
Profesionalmente de pronto despuntaban algunos abogados, uno que otro ingeniero y alguno que otro médico. Eventualmente, en la medida en que la sociedad se complejiza y aumenta la presión demográfica, otros grupos más cercanos a la clase media y la clase popular demandan sus espacios y entran a competir con un discurso progresista e incluyente.
El panorama político ha sido tradicionalmente turbio lleno de agresiones personales, comentarios desproporcionados e inapropiados que generalmente no tenían nada que ver con el evento eleccionario sino más bien con el empañado honor de los susodichos candidatos o sus familias. Acercándose la fecha de las elecciones, afloraban otros grupos menos gratos, los llamados varilleros o los tristemente célebres "pié de guerra". Uno de estos eran liderizados por el hermano de un prestante miembro de la sociedad, que no vacilaban en romperle la cabeza a más de cuatro si se interponían en su camino cuando iban de huída con la urna al hombro.
A mediados del siglo pasado ante los ojos atónitos de comunidad, se asesina al entonces Presidente, mientras disfrutaba con sus amigos en el Club House del Hipódromo Juan Franco. ¿Quién lo mató? ¿Por qué? Han transcurrido más de 50 años y no se sabe, aunque sí se suponen muchos asesinos y confabularios. Pero la estrategia política de los grupos interesados (o partidos dirán algunos) no cambió y siguieron las andanadas trifulqueras llenas de odios personales y acusaciones a ultranza.
Ya en el siglo 21, o quizás un poco antes, se introduce o aparecen nuevas modalidades, que podrían ser indicadores de una democracia grandemente participativa y que podemos resumir en que "todo el que quiere puede si tiene con qué". Vemos así, una multitud de ilustres desconocidos, en política me refiero, que por ejemplo quieren ser diputados. Muchos participan con un inexistente discurso u ofreciendo cosas que "nada que ver" con el puesto al que aspiran, ya qué parecen desconocer que los diputados hacen una cosa y los representantes otra, al igual que los alcaldes, que no son corregidores.
Y para terminar este apretado recorrido por los devaneos de la política criolla, vemos que ahora además de los tradicionales grupos de poder se han agregado representantes de iglesias y con mucha fuerza en los últimos años, faranduleros y comunicadores sociales. En medio de todo creo que no nos podemos quejar, pues esta es una sociedad abierta en donde el que tú menos crees, quiere ser diputado.
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