domingo, 9 de enero de 2011

La Importancia Sociológica de la Comida


Pasadas las fiestas de fin de año vale una reflexión acerca de la importancia sociológica de la comida. Por lo general esto pasa desapercibido ya que se asume que “comer es comer” y no vamos a complicarlo más allá de los precios ascendentes de la canasta básica que según los que “les conviene” cada día bajan más. Pero la realidad es otra en nuestros mundos sociales, donde nos movemos entre laberintos de símbolos, significados y realidades deseadas y no deseadas. ¿Qué comimos en la cena de Navidad y en la de Año Nuevo? ¿Cuál es su significado sociológico?

Lo que parece que siempre es así, realmente no lo es y ha cambiado mucho. Los grandes potajes de principios del siglo XX (según mi informante, una experta ama de casa y devota esposa, quién jamás pensó en irse para la calle a trabajar en otra cosa) hoy día nadie sabe de eso ni les interesa, pues eso no se compra en el “súper” y nadie sabe cómo hacerlo.

La comida siempre ha tenido un significado más allá de la apariencia y de los gustos de quienes se la comen. Es relevante sociológicamente ya que es parte de la cultura y por lo tanto íntimamente ligada a usos, costumbres, religión, etnicidad y estatus. Es la cultura la que va a definir qué comemos, cómo, cuándo y dónde. Pero también, lo que comemos refleja nuestro estatus social, donde comemos nuestra capacidad adquisitiva y con quién comemos nuestros lazos familiares o afectivos.

Las comidas de Navidad y Año Nuevo relejan toda una gama de rituales, representaciones sociales de tradiciones, estilos de vida y estatus social. Para unos el pavo y el jamón son las viandas que definen el carácter de esta gran comilona y su preparación y presentación son indicadores del buen gusto según clase social. Hago esta salvedad ya que lo bueno, lo bonito y lo feo son apreciaciones subjetivas de la realidad según las diversas subculturas y clases sociales que existen en la sociedad. Por ejemplo para algunos la preparación del jamón navideño es todo un largo y minucioso ritual: primero se deshiela, se sancocha, se le quita el “cuero” y se elimina la grasa que lo recubre, luego se “baña” en jugo de piña, se recubre con azúcar morena, mermelada de frutas, clavito olor, rodajas de piña y cerezas y luego se mete al horno. Resultado algo indescriptiblemente delicioso (juicio de valor). En cambio otros, simplemente lo sancochan, luego lo cortan en rodajas y lo fríen; otros así mismo congelado, lo cortan con una sierra y se fríe.

Antes no era así, y el pavo vino a quitarle el puesto a la gallina rellena y el jamón al pernil. Esto es el resultado inevitable de procesos de asimilación de usos y costumbres foráneos al entrar en contacto con otras poblaciones. En nuestro caso esto releja la constante presencia de “otros” en nuestra sociedad, específicamente la presencia estadounidense en la Zona del Canal y la masiva llegada de afroantillanos con la construcción del Canal. Así, los inicios del siglo XX para la ciudad de Panamá, fue un momento histórico de muchos cambios en la vida cotidiana de sus habitantes. Los estilos de vida de esta taciturna ciudad empiezan a ser “desafiados” por lo nuevo y diferente de los recién llegados.

Además, a estas grandes comilonas de fin de año se agregan tamales, arroz con guandú, ensalada y no olvidemos el dulce de frutas, el “run cake” o panettone, un clásico italiano que se ha puesto de moda en los últimos años. Para Año Nuevo, últimamente se ha introducido el pescado al horno, que en otras culturas significa buena suerte y prosperidad. Así, cada quién va preparar estos alimentos según sus recetas favoritas y el presupuesto disponible y no hay que olvidar que a través del comer también nos estratificamos según clase y grupos de estatus. A parte de todo lo subjetivo de esta acción (gustos y escogencias) está la parte de la cultura material: la vajilla, manteles, cubiertos, vasos y copas y adornos de la mesa. En cuanto a las bebidas, por lo general está lo de siempre: cerveza, rones, whisky, vodka, etc. y lo especial del momento: vinos, sangría, sidra y champaña y el Saril que a Panamá fue traído por los antillanos que vinieron a trabajar en la construcción del Canal.

En términos general todos hacemos nuestro mejor esfuerzo económico para surtir la mesa con aquello que consideramos lo mejor para estas celebraciones. En cierta medida lo que comes y tomas y lo que brindas a los amigos es un símbolo de estatus que da prestigio, aparte que es “mala suerte” una mesa escuálida y pobre de comidas y bebidas. Una comida siempre es más que una comida. Puede evocar tradiciones familiares o reflejar nuestra herencia étnica o circunstancias económicas. Aquellas familias que tienen siempre mucho que comer aprecian esta la comida en forma diferente de aquellos que no tienen.

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